Macao, más portuguesa que china



Macao sale a bailar al atardecer al son que marcan los neones. Recorre callejuelas que huelen a nostalgia y también grandes casinos que deslumbran con sus lujos. Cada día se debate entre el pasado y el futuro. Macao, Taipa, Cotai y Coloane representan una interesante fusión chino-lusa que no deja indiferente.



La bella Macao sigue soñando en portugués. Es normal. Su historia comenzó allá en 1554 cuando apuestos portugueses arribaron a las costas chinas con el deseo de conquistarla. Y lo lograron. Llegaron a un acuerdo con los gobernantes mandarines locales para crear la que sería una de las primeras colonias europeas en Asia. Ese idilio, en la ribera del río de las Perlas, se prolongó durante más de cuatrocientos años hasta que fue devuelta a China en 1999. Durante esos siglos la relación se basó en un intercambio de favores y beneficiosas transacciones comerciales, ya que este era un punto clave en las rutas entre Oriente y Occidente. Con la llegada de otros navegantes avispados, holandeses y británicos, el negocio fue descendiendo hasta quedar convertida en una colonia con poco peso y expuesta a mafias y oscuros negocios. Pero volvamos a la actualidad. Hoy día posee la categoría de región administrativa especial (RAE) ya que China contempla la posibilidad de tener dos sistemas políticos en su territorio. Tanto Macao como Hong Kong (la ex colonia británica) disfrutan de un periodo de cincuenta años de transición que les permite gran autonomía. 


Cuando la convivencia es la norma



Los siglos de permanencia portuguesa han forjado lo que es Macao: un territorio donde la convivencia y la fusión es la norma. Los primeros portugueses que llegaron a este rincón, a diez mil kilómetros de su hogar, combatieron la nostalgia replicando su arquitectura, adaptando sus recetas, extendiendo sus tradiciones, compartiendo su idioma y creando una sociedad a su medida. Y lo hicieron a conciencia. Cuando caminas por el casco viejo lo haces sobre una ‘calzada lisboeta’ formada por teselas que representan olas, flores, animales marinos o figuras de fantasía. Cuando levantas la mirada y observas el entorno, aparecen edificios en color pastel e iglesias como la de Santo Domingo (la primera iglesia cristiana en China), cuyo color amarillo y ornamentación te trasladan al barroco europeo del siglo XVI. Si bebes agua de una fuente o te sientas en un banco los azulejos te devuelven el reflejo de una ciudad encantadora y decadente. Los rótulos de las señales, escritos en la lengua de Saramago, te sitúan de inmediato y puedes moverte sin titubeos. Los conocidos dulces de crema (los pastéis de Belém) te tientan al pasar por las confiterías, algunas tan prestigiosas que incluso llegan clientes de otras ciudades para llevarse una docena de pastelitos. Y no solo replicaron los dulces, también compartieron sus sabores y recetas más emblemáticas basadas en pescados y mariscos. Muchos restaurantes cuentan con cocineros llegados desde la madre patria o son descendientes de los primeros colonos. La música de fado, con la que aquellos marineros descargaban sus sentimientos, aún está presente en algunos establecimientos. El rasgueo de la guitarra y la voz quebrada sigue hablando de añoranzas y desamores en el restaurante Antonio, en Taipa, por ejemplo.


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